SOMOS GENXXI

El arte de la palabra

Amaia Rodríguez

Murió una calurosa mañana de verano. Cuando cerró los ojos sintió que ya no podía abrirlos y sin embargo se dio cuenta de que podía ver lo que antes las gafas no le permitían. Bueno, ni las gafas ni los microscopios que utilizaba a diario en su trabajo. Ramón había dedicado su vida a buscar en lo más pequeño, lo más grande: el alma de todas las cosas. Pero nunca creyó verla, o quizás no supo verla porque, ¿quién sabe cómo es el alma? Él imaginaba una luz no tan blanca como la mayoría de la gente, sino más bien algo azulada. Pequeñamente inmensa, como un Big Bang en potencia. En su laboratorio tenía montones de cajas donde vivían pequeños insectos como hormigas, mosquitos, piojos, bichos bola y alguna que otra araña. Alguna vez llegó a tener incluso crisopas. Las cuidaba poco porque sólo las tenía para observar el momento de su muerte a través de las lentes del microscopio. Pero nunca jamás logró ver aquel Big Bang que él esperaba. Intentaba cazar el instante en el que el alma escapaba.

Volviendo a la mañana calurosa en la que despertó muerto, Ramón comenzó a observarse, a sentirse sin prejuicio y a seguir un instinto antinatural que le obligaba a volar lejos de su habitación. Atravesó todas las cosas sin problema, sonreía sin sonrisa al ver que la gravedad ya no tenía atracción para él. Y se dijo: “Pues vamos ya para el cielo, a ver quién me espera”. Acarició el viento sin tacto, atravesó las nubes sin frío, volaba sin miedo rumbo a lo desconocido. Pero, ¿qué fue lo que le impidió alcanzar su destino? De pronto, cuando ya pasaba al lado de la Luna, algo le hizo tope. ¡PUM! “Tienes que volver”. ¿De dónde venía aquella voz sin voz que hablaba sin palabras? ¿Era el alma? Ahora ya no sólo podía verla sin sus ojos, no solo podía sentirla sin su corazón, ahora podía escucharla sin tener oídos. E instintivamente comenzó un viaje de vuelta a ninguna parte. Ahora sí tenía miedo sin saber  por qué. Vio cómo se acercaba a toda velocidad hacia la superficie de la Tierra. No sabía qué podía pasarle si chocaba con ella a tanta velocidad. ¿Acaso podría morir el alma?. El impacto fue brutal, bestial, durísimo, pero completamente silencioso. El alma que fue Ramón entró en tal shock que fue completamente inconsciente de su entrada en una pequeña semilla. Durmió sin saberlo casi 42 años. Al poco tiempo comenzó a despertar. Rompió la cáscara que lo envolvía y se esforzó por crecer y crecer y crecer. Se estaba convirtiendo en una inmensa secuoya. Durante muchísimos años crecía y recordaba cosas que no entendía. Cada hoja que le brotaba, una historia de un tal Ramón le contaba. Y cuando el viento o el fuego o el agua sus ramas y hojas podaban, entonces todo aquello se le olvidaba.

Un día, aburrida de tantas horas allí sujeta, la secuoya quiso mover sus raíces y revelarse contra la naturaleza que ahí la tenía atada. ¿Y qué pasó? Pues que se cayó y tras unos meses sin tierra ni agua todas sus hojas se pocharon y sus recuerdos se borraron. El alma de Ramón Secuoya comenzó a ascender siguiendo ese instinto antinatural que le obligaba a volar lejos del bosque. Esta vez disfrutó del vuelo de otra manera. Ya no sonreía ni acarició el viento sin tacto ni atravesó nubes porque era un día bien despejado. Eso sí, cuando llegó a la altura de la Luna, ¡PUM! De nuevo con el tope chocó. Su alma otro apellido ganó:   Ramón Secuoya Cangrejo quedó.

Amaia Rodríguez