El arte de la palabra
Amaia Rodríguez

Era alta, esbelta, profundamente hermosa y según ella misma, brillaba con luz propia. Él, celoso, la llamaba: “¡Mentirosa! Tú sabes que brillas por mí, por tenerme enfrente. Sin mí serías sencillamente invisible”. Ella le respondía con dulce orgullo: “Qué te molesta tanto de mí que tanto te enoja lo que yo pueda decir. ¿Es quizás que a ti nadie es capaz de mirarte a los ojos? ¿O quizás envidias los poemas que me dedican? ¿Quizás te molesta que me escriban canciones? ¿O será simplemente que añoras que te vean como a mí, día y noche, noche y día? A mí me ven cuando estoy y me admiran por lo que soy. Tan bonita y brillante que mi hechizo es inevitable.”
Cada día discutían durante un rato el mismo relato. Hasta que un día el Sol se hartó y sus rayos le retiró.
Dio un giro a su postura para dar la espalda a su gran amor. Un amor imposible que solo le llenaba de rabia el corazón. Así su amada apagada poco a poco se quedó helada, y de bella que se creía pasó a roca gris marchitada. “Si ya nadie puede verme, ¿para qué sostenerme?”, se dijo ella. Y se dejó caer, o subir, o rodar, huyendo de la gravedad del asunto que atada la tenía a este mundo. Cuando el Sol vio lo que pasaba, cambió de rumbo su fuego. No soportaba la idea de perderla en el infinito del universo. A los planetas volvió locos por no saber dónde ubicarse: a Mercurio lo achicharró con un estornudo pequeño. Venus enloqueció de celos por no tener su atención. Marte entró en pánico, empalideció y se convirtió en el planeta blanco. La Tierra lanzó manguerazos desde el Pacífico intentando apagar los gritos desesperados de un Sol amante abandonado. Júpiter, prepotente, creyó que con él no podría, y por su cercanía, perdió a todas sus lunas que quedaron derretidas. Saturno convirtió sus aros en sombrilla de última generación y cuando Urano lo vio rápido junto a él se refugió. Y surgió un gran amor que para otro cuento quedó. Neptuno, despistado, no se enteró de nada. Perdió el rumbo como Plutón e independiente se proclamó. ¿Y qué pasó con el Sol? Que se deshizo así mismo de tanto correr tras la Luna hasta quedarse desgastado y pequeñito, insignificante, arrepentido, angustiado y perdido por perseguir ya sin sentido a aquella Luna que ya no brillaba como ninguna.
